Hay algo que pasa cada vez que alguien entra a A la Mesa. Antes de ver el menú, antes de sentarse, antes de pedir… ya huele. Y ese aroma -mezcla de orégano, albahaca, tomate cocinándose lento, aceite de oliva caliente- es la primera parte de la experiencia.
No es casualidad. Es decisión.
En la cocina italo-argentina, las especias no son un adorno ni un gesto final. Son arquitectura. Son la estructura invisible que sostiene el equilibrio entre una masa esponjosa, un queso abundante y una salsa que tiene historia detrás. Hoy te contamos cómo pensamos los aromas en nuestra cocina y por qué cada hierba está exactamente donde tiene que estar.
De Italia a Argentina: cuando las especias cruzaron el Atlántico
La gastronomía italiana clásica trabaja con minimalismo aromático. Un tomate de estación, una hoja de albahaca, un hilo de aceite. La pureza del ingrediente es el mensaje.
Pero cuando los inmigrantes italianos llegaron a Argentina entre 1880 y 1930, algo cambió. No perdieron la técnica, no olvidaron las recetas. Pero sí encontraron una tierra con una abundancia que nunca habían conocido, y con ella, la posibilidad de ir un poco más lejos en el sabor.
El clima del noroeste argentino y de Cuyo produce hierbas con una concentración de aceites esenciales superior a la media -el sol seco e intenso hace ese trabajo. El orégano de montaña argentino, por ejemplo, tiene una potencia aromática que pocas variedades europeas igualan. Y el chef italo-argentino contemporáneo heredó esa materia prima junto con la técnica clásica.
El resultado es lo que nos gusta llamar «el toque argentino»: la sobriedad mediterránea con la generosidad pampeana. Más sabor, más criterio, mismo respeto por el producto.
Las tres especias de la pasta
En la elaboración de pastas, las especias tienen un rol específico: no tapar el sabor del trigo ni de los rellenos, sino actuar como un hilo conductor que une la masa con la salsa. Son tres las que consideramos fundamentales.
Albahaca: la más delicada del grupo
La albahaca es la reina de la frescura, y justamente por eso hay que tratarla con cuidado. Contiene compuestos volátiles que se degradan rápido con el calor y con el procesado mecánico: si la picás sin cuidado o la cocinás de más, de ese verde brillante y ese aroma limpio no queda nada. Lo que queda es amargo.
Por eso en nuestra cocina, la albahaca para el pesto se trabaja a temperatura baja -a veces con el mortero frío, a veces con cuchillas previamente enfriadas- y en las pastas calientes se agrega en el último segundo, ya en el plato. El calor residual de la pasta libera el aroma sin destruirlo.

Un detalle que marca diferencia: en Argentina, el pesto clásico reemplaza los piñones originales por nueces, que son regionales y más accesibles. Ese cambio de ingrediente afecta el equilibrio del pesto -la nuez es más terrosa- así que se ajusta la proporción de albahaca para mantener la frescura como protagonista.
Orégano: el alma de la alacena argentina
Si hay una especia que define el sabor argentino en la cocina de herencia italiana, es el orégano. No hay tuco sin orégano. No hay pizza sin orégano. No hay ravioles, sorrentinos ni canelones que no lo tengan de fondo.
A diferencia de Italia, donde el orégano se usa con más selectividad, en Argentina se convirtió en el potenciador universal: equilibra la acidez del tomate, contrarresta la dulzura de la cebolla, limpia el paladar después del queso.

El truco técnico que más nos gusta compartir es el de la activación manual. Antes de incorporar el orégano seco a la olla, lo frotamos entre las palmas de las manos. Ese gesto simple rompe las glándulas de aceite y libera el aroma de forma inmediata -algo que el orégano premolido, que ya perdió esa estructura, no puede hacer. La diferencia en el olor que sube de la olla es inmediata y notable.
Romero: para lo que se cocina despacio
El romero entra en escena cuando la cocción es lenta: arroces, estofados, salsas de carne para rellenar pastas. Su perfil resinoso y alcanforado resiste el calor prolongado sin perder identidad, algo que la albahaca o el cebollino nunca podrían hacer.
La técnica que usamos es la infusión previa: el romero entra al aceite caliente antes que cualquier otro ingrediente, transfiriendo sus notas de pino y madera a la grasa. Esa grasa aromatizada es la base sobre la que se construye todo lo demás. Es un paso que lleva tres minutos y que cambia el perfil completo del plato.

Las especias de la pizza: cuando la abundancia necesita estructura
La pizza argentina desafía las convenciones europeas en casi todo: la masa es más alta, el queso es más abundante, la salsa está más condimentada. Esa generosidad requiere un manejo de especias más complejo, no para agregar más sabor encima, sino para darle coherencia a todo.
Tomillo y laurel: la base de la salsa
En Nápoles, la salsa de pizza es tomate crudo triturado con sal. En Argentina, la salsa se cocina, y se aromatiza. El tomillo y el laurel son los responsables de esa profundidad.
El laurel aporta una nota floral de fondo que elimina el regusto metálico que a veces tienen los tomates en conserva. El tomillo agrega una capa cítrica y terrosa que complementa perfectamente la fermentación de la masa. Los dos trabajan juntos en la cocción y se separan al final: el laurel se retira porque si se queda demasiado tiempo libera taninos que amargan. El tomillo se queda, bien deshojado, distribuido de manera uniforme para que cada mordisco encuentre esos pequeños «puntos de sabor» que contrastan con la untuosidad del queso.
Hinojo: la herencia calabresa que no se ve pero se siente
El hinojo es quizás la especia más subestimada de la cocina italo-argentina. Llegó con los inmigrantes del sur de Italia y se instaló en la longaniza calabresa -ese topping icónico de las pizzerías de Buenos Aires- donde las semillas de hinojo hacen algo muy específico: cortan la grasa de la carne de cerdo y el picante del ají molido. Limpian el paladar entre bocado y bocado, por eso uno puede comer más sin sentirse saturado.
En preparaciones más modernas -pizzas blancas, bases con verduras- usamos el hinojo fresco en láminas muy finas, o el hinojo salvaje espolvoreado al final. Su nota anisada dulce cierra el plato de una manera que no tiene reemplazo.
Perejil, cebollino y la provenzal
El perejil y el cebollino son las especias de la modernidad y la frescura en nuestra pizza.
El cebollino va sobre pizzas con quesos suaves -cuartirolo, ricota- donde se busca una nota sutil de ajo y cebolla sin la contundencia de los bulbos crudos. Es delicado, fresco, casi decorativo pero con sustancia.
El perejil es el alma de la provenzal: esa mezcla de ajo y perejil picados que define la pizza napolitana a la argentina, la que lleva tomate fresco y mucho ajo. Siempre usamos perejil de hoja lisa -tiene más sabor que el rizado- y siempre lo picamos en el momento. Diez minutos después de cortado, empieza a oxidarse y pierde el verde y la frescura. Ese detalle no es opcional.
El aceite infusionado: el cierre que lo cambia todo
Hay un paso final en nuestra pizza que mucha gente no conoce pero todos sienten: el aceite de oliva infusionado que aplicamos con pincel sobre los bordes y el queso apenas la pizza sale del horno.
Ese aceite lleva orégano, ajo, ají molido y a veces pimentón dulce. No es chimichurri, aunque viene de esa misma familia aromática. Es más sutil, más fluido, diseñado para una función específica.

La pizza sale del horno a más de 90°C. Cuando el aceite con especias toca esa superficie caliente, el calor residual extrae los compuestos aromáticos de las especias en segundos. Lo que llega al cliente no es solo pizza: es una explosión aromática que se activa en el momento justo, antes del primer bocado.
Además, el aceite sella la humedad de la masa y el queso, manteniendo la textura óptima por más tiempo. Es técnica disfrazada de gesto simple.
El ají molido: el ingrediente que lo hace argentino
Si tuviéramos que elegir la especia que más define el carácter argentino en nuestra cocina -la que marca la diferencia con cualquier versión europea de estos platos- sería el ají molido.
No es pimienta. No es chile. Es un pimiento secado y triturado, con semillas, que aporta un picor suave y persistente y una nota ahumada que remite directamente a las brasas. Es el vínculo más directo entre la cocina italo-argentina y la cultura del asado.
Lo usamos con precaución, porque la idea no es que el picante sea el protagonista. La idea es que actúe como potenciador: que intensifique los sabores que ya están en el plato y que invite a seguir comiendo, no que interrumpa.
El tiempo como ingrediente invisible
Más allá de qué especias usamos, el «toque argentino» tiene mucho que ver con cuándo las aplicamos.
Las hierbas verdes -albahaca, cebollino, perejil- van siempre al final, frías o a temperatura ambiente, sobre el plato caliente. El contraste térmico es intencional: despierta los sentidos y hace que el aroma sea más vívido.
Las especias secas -orégano, tomillo, romero- necesitan calor para rendir. Van al principio, en el aceite o en la salsa en ebullición, o al final en el aceite infusionado caliente. El calor es el mecanismo de extracción. Sin él, quedan planas.
Y la masa, que es el lienzo sobre el que todo esto descansa, la fermentamos en frío entre 24 y 48 horas. Una masa bien madura necesita menos sal, lo que permite que los aromas de las especias brillen con más claridad. El tiempo hace el trabajo que el condimento no puede hacer solo.
Por qué esto importa en cada plato que preparamos
Todo lo que describimos acá no es teoría gastronómica. Es la lógica detrás de cada pizza, cada pasta, cada plato que sale de nuestra cocina.
Cuando frotamos el orégano entre las manos antes de tirarlo a la salsa, estamos activando algo que se deshidrata lleva semanas y que en tres segundos de fricción vuelve a vivir. Cuando ponemos el perejil al último momento, estamos protegiendo algo que se va a oxidar en minutos si no lo usamos bien. Cuando aplicamos el aceite infusionado sobre la pizza recién salida, estamos aprovechando el calor residual como herramienta de extracción aromática.
Son gestos pequeños. Son decisiones grandes.
La cocina italo-argentina que hacemos en A la Mesa no es nostalgia ni reproducción. Es una tradición viva que cruza el Atlántico, cruza el tiempo y ahora cruza el océano para llegar a Guatemala con todo su aroma intacto.
Y ese aroma empieza -como siempre- antes de que te sentés a la mesa.



